Aquel día el sol salio como de costumbre, iluminaba mi amplio cuarto y junto con la claridad, los primeros sonidos eran balidos de oveja o cantares de gallo. Aún tenía la sensación extraña que me dejó aquel sueño. Irá a pasar algo hoy – pensé – Seguro algún parto o estoy medio "psicoseado" por la piedrita que Helen me regaló y según ella, la piedra es mágica (traída desde las exóticas lagunas de las Huaringas).

Me dirigí a mi lugar de trabajo que se ubica a escasos segundos de mi residencia. Es decir prohibido llegar tarde. Como todos los días los niños que se dirigen a la escuela (hoy Institución Educativa) que se ubica al costado de mi establecimiento, me saludan alegremente y yo contesto con la misma cortesía.

Abrí la Posta como de costumbre a las 8 am. Firmé mi asistencia y me dispuse a esperar que llegue el personal, por ahora sólo una, ya que mi otra técnica de enfermería se encuentra de vacaciones (tiene la suerte de ser nombrada y acceder a estos beneficios). La sra. Carmen,  que así se llama, es una mujer de mediana estatura, algo “fuertecita” y con el cabello ondulado y de coloración clara, pero dudo si es al natural o es adquirida.

-         Que tal Dr. ¿como está? – me saluda ella mientras ingresaba a la posta 40 min. más tarde de lo que dice la norma oficial.
-         Que tal "seño" ¿Como le va?.
-         Aquí pues, vino agüita hoy día y pues, daba ganas de un bañito.
-        Siempre limpios! Jejeje.

La jornada empezó con varios pacientes. Algo inusual en estos lares, pues casi no hay mucha demanda, a diferencia de algunos de mis compañeros quienes atienden entre 20 a 25 pacientes diarios, en mi local tengo un promedio de 4 a 6 por día, llegando a ser 12 en mi día más productivo.

Al llegar el mediodía ingresó un señor de aspecto preocupado, se encontraba pálido y sudoroso.

-         Dr. mi esposa ha dado a luz en mi casa, pero la placenta aún no sale.
-         ¿a que hora dio a luz?
-         A las 10 aproximadamente.
-         Ups! ¿Queda cerca donde vive Ud.?
-         Si doctorcito. “Aquicito no más” y he traído un carrito.
-         Pues andando.

Raudamente cogí los implementos y medicamentos necesarios para poder atender aquello, no sin antes dirigir mi plegaria para que todo se pueda solucionar y que nada malo pase. Enrumbamos al pueblito mencionado. Bajando por un camino irregular, en malas condiciones, y con curvas cerradas y empinadas, que gracias a la pericia del chofer, no terminaron en mayores. Pasamos por los restos de un carro en mal estado producto de un accidente de transito ocurrido en horas anteriores. Mi mente divagaba pensando lo que podía encontrar allí, y si yo era capaz de resolverlo, y si no sucedía así, el establecimiento de salud de mayor resolución que el mío, distaba unos 50 minutos, y un hospital estaba a casi 7 horas. En eso estaba cuando me acordé que no habíamos cargado algodón ni alcohol.
-         ¡Sra. Carmen no hemos traído alcohol ni algodón!
-         No se preocupes Dr. acá todos tienen eso en sus casas.

Llegamos al fin a nuestro destino. Subimos una pequeña loma en la que en su cima se ubicaba la casa. Fuimos recibidos por unas gallinas que se espantaron al ver nuestra presencia. La casa era de adobe con el piso de madera. Nos dirigimos a la habitación de la paciente. Ante mí apareció una recamara oscura sin posibilidad de ver algo. El esposo nos alcanzó una vela, logré distinguir a la Sra. de la casa, ella, ya entrada en años, se encontraba tendida en la cama enfundada dentro de varias colchas. Me apuré en tomar signos vitales, y respiré un poco más aliviado al comprobar que estaban en rangos normales. Examiné a la paciente y me cercioré que aún tenía la placenta dentro. El útero se ubicaba aún encima de la cicatriz umbilical. Sra. Carmen hay que colocar una vía a esta paciente – le indiqué. Muy bien Dr. – contestó ella amablemente.

La Sra. preparó los implementos necesarios para este procedimiento, en tanto yo realizaba las maniobras necesarias para la extracción de este órgano. El sudor caía por mi frente y dentro de mi repetía: “Por favor Diosito, que salga”, sin dejar de realizar las maniobras. Dr. ya está lista la vía – me interrumpió la Sra. Carmen.

Ilusamente pensé que ella la colocaría. Pero al ver su cara me di cuenta que el procedimiento debería realizarlo yo. Es un poco difícil encontrar un acceso venoso iluminado solo un pedazo de vela, pero felizmente la paciente tenía lo que en jerga entre los profesionales de la salud se conoce como “buena vena”. Así que pude colocar dicho acceso. De inmediato aplicamos medicamentos para ayudar en la extracción.

Continué con mi maniobra y a punto estuve de cambiar a otra para extraerla manualmente cuando evidencié que poco a poco la placenta iba haciendo su aparición, y lentamente salió. Respiré aliviado y una paz, digna de compararse con un periodo de “resolución”, invadió mi ser. Comprobé que hubiera salido completa y me apuré nuevamente en monitorizar signos vitales. Nos quedamos aún un rato más observando y monitorizando a la Sra. hasta que el sonido de un claxon nos indicaba que el chofer contratado estaba impaciente por salir de allí. Procedimos a evaluar nuevamente y tras comprobar que todo estaba en orden, recogimos y guardamos nuestras cosas. El dueño de casa se acercó a nosotros con sendas bolsas cargadas de mango, acompañadas con un sonoro Gracias!.

Nos despedimos de la familia y empezamos el camino de regreso. Volví a mirar al azul cielo y dije en mi mente: Gracias!!.