La tarde caía sobre el pueblo. Los últimos rayos del sol golpeaban fuertemente cada una de las tejas color rojo que coronaban las viviendas y el fuerte viento arreciaba contra los altos árboles que forman parte del paisaje y en su viaje el aire levantaba el polvo que cubría el camino que cruzaba frente al lugar donde esperaba ansiosamente un transporte que me llevara a la ciudad principal que dista 60 minutos de mi lugar de trabajo.
Era mi primera semana en aquel pueblito de nombre con acento extranjero y de fama no necesariamente por algún acto heroico que se hubiere realizado allí, por el contrario, las páginas policiales muchas veces lo nombran como lugar de ilícitas actividades. Sentado en una banca de madera observaba a mi alrededor como una jauría de perros perseguía raudamente a una manada de ovejas, para luego de ello dar paso a un espectáculo nuevo ante mis ojos, algunos animales, que la cultura popular relaciona con los pocos hábitos higiénicos, se paseaban por aquellos lugares en busca de algo que sacie su voraz apetito, y en esa actividad introducían sus narices en los mas inimaginables lugares. Entretenido observando las estampas de aquella tarde de sábado no me percataba de lo rápido que puede pasar el tiempo. Habían pasado casi dos horas desde que había llegado al lugar donde se reúnen los carros para salir a la ciudad y no habían pasajeros, excepto yo.
 

-         Doctorcito hay que esperar que lleguen más pasajeros.
-         Ud. cree que vengan?
-         Hay que ver. Es sábado y a veces no hay gente.
 

¡Vaya anhelo!. Miré al cielo como buscando una vana esperanza para que llegaran pasajeros o tendría que desenbolsar cinco veces más dinero para conseguir llegar a mi destino. Todo sea por recoger mi encomienda en donde estaba la reserva semanal para alimentarme en mi nuevo lugar de trabajo. Bueno al menos de hambre no morire, creo que tengo una pequeña reserva extra – me dije animado.
 

Pero como si el cielo hubiera escuchado mi súplica, fueron llegando pasajeros hasta completar la cantidad deseada por el chofer y así poder enrumbar a mi destino. Claro un poco más tarde de lo planeado. Pero al menos el primer objetivo estaba cumplido, salir del pueblito y llegar a la ciudad para recoger mi encargo. Faltaba luego volver a regresar. Pero eso ya es otra historia.